Once años: la vida, la libertad…

Once años en el exilio, once años en Miami. A veces me parecen una vida, una eternidad.

Este mes cumplimos años, once para ser más exactos, de llegar a este país y a esta ciudad que nos arropó, me gusta decirlo así, «nos arropó», porque así fue que me sentí: acogida, protegida,.

Conocí personas maravillosas, seguí el curso de la amistad con muchas de ellas, fui sumando otras, pero siempre he estado agradecida de todos, de los que nos dieron cobija en su casa, de los que nos llevaban a las citas, de los que nos dieron presentes materiales tan necesarios al principio, de los que nos brindaron la bendición de su compañía.

Eso se agradece muchísimo y se recuerda con inmenso cariño.

A todos los guardo en mi corazón, aunque algunos no continúen tan cercanos.

Para mí ha sido un largo recorrido, con baches en el camino porque todo no es color de rosas, pero he aprendido y me quedo con lo mejor de estos años.

Lo mejor de todos estos años ha sido ver crecer a mis hijos, Malcom ya tiene 20 años, Brenda cumple quince primaveras en el mes de diciembre. La felicidad de verlos crecer en libertad no tiene precio. Siempre les recuerdo que tienen un caudal infinito de posibilidades en este país con deberes ciudadanos pero también con derechos.

Mis recuerdos de Cuba aunque no quiera siguen conmigo, mi madre, mi tío, el olor a jazmín, el ruido del central, el bullicio de un pueblo que me cuentan ha cambiado tanto.

Lamentablemente todavía hay recuerdos desagradables, aún despierto soñando que nos persiguen, que nos vigilan, he tenido la pesadilla de que se llevan a Felipe detenido, son recuerdos vívidos que espero en algún momento se alejen.

Prefiero en medio de tanto quedarme con lo mejor, con la familia que hemos formado, con las alegrías diarias, que al final del día borran las mezquindades que aparecen en el camino.

Prefiero quedarme con los logros de mis hijos, con sus buenas calificaciones, con su buen andar por la vida.

Prefiero quedarme con el hombre que elegí hace 21 años. Un tipo maravilloso, con un humor y una valentía que me ayudaron a sobrepasar todo. Un tipo súper inteligente, siempre dispuesto ayudar.

Prefiero quedarme con lo que este país me ha ofrecido como mujer y profesional, con el respeto que he sabido ganarme, me quedo con las buenas amistades que he hecho en este camino y me quedo con la alegría de vivir, y lo repito, en libertad.

Once años, son muchos, nada comparados con los veinte años de Gardel, pero es mucho camino andado. Doy gracias a Dios por permitirme a mí y a mi familia estar y seguir.

Miami, ‘mon amour’

En Miami, junto a una pieza de la artista cubana Milena Martínez Pedrosa.

Tantos le han escrito a Miami, en bien y en mal, que dudé sí hacerlo yo , pero como dije, voy a hablar de ese Miami que me acogió hace ya casi siete años y del que no tengo intenciones de desprenderme.

En el 2012 cuando llegamos me pareció fría, distante, complicada y también incomprensible, pero ya es parte de mi vida, de mi aire.

 Me quiero olvidar por un momento de las horas en que paso manejando en el tráfico infernal, jajajaja, de algunos malos tratos, de algunas hipocrecías, de desaires; con esas erlas de menos, a mí que me den el título de miamense ilustre… y a mucha honra.

En este Miami mis hijos comenzaron una nueva etapa de vida, se insertaron en la escuela como si hubieran nacido aquí, vi el cambio en Malcom: ya no lloraba, no se preocupaba por las cosas a que fuimos sometidos por la represión policial, ahora con casi 16 años es uno de mis orgullos. La Brenda llegó muy pequeña, es una excelente estudiante y nos reímos mucho cuando vemos que está americanazada, algunos cubanismos le parecen trabalenguas, pero aún me pide frijoles negros.

A esta ciudad he aprendido a quererla, con sus ruidos, sus incongruencias poblacionales, sus apasionamientos y sus defectos -porque los tiene- pero por sobre todas las cosas, amo a Miami por arroparme (nos)  y darme esperanzas para vivir cuando ya las tenía perdidas.

Le agradezco a  Miami las amistades que conocía y recuperé, también a las que he ido sumando en estos años, para mí,  súper importante, porque como dice el dicho “el que tiene amigos , tiene un central”  y realmente no me puedo quejar de ellos.

Gracias también por esos espacios que me ha permito conocer, donde he pasado momentos espectaculares, esa Calle 8, Ball & Chain; mi querido Lekoké Win and Bites, con Laura y Ronald incluidos; a Pedri e Isa por la hospitalidad constante , disfrutar de  El TanKe y su deleite de cervezas artesanales… y muchos más (nuestro  periplo de fiestas es largo y tendido).

Agradezco de Miami volver a escuchar libremente y bailar esa música que me estuvo prohibida por tanto tiempo, agradezco tener de amigo a esa gran persona que es Luis Bofill y su manera espectacular de transportarme por y con la música.

También por la cocina y la  sazón de los platos cubanos, que estaban casi olvidados por el paladar.

Gracias a Miami por sus playas, su cielo azul, sus paisajes, su gente, mi gente.

Por darme la oportunidad de insertarme en esta sociedad y echar para adelante por mí y mi familia, por permitirme despertar cada mañana (bien temprano, por cierto) y agradecer estar aquí, simple y llanamente estar.

Gracias Miami, por existir.